21 de octubre, ya ha pasado mes y medio desde que comenzara mi Erasmus en Alemania y todavía no hay ni rastro de ese propósito que me hice de escribir mis impresiones y vivencias semana a semana para poder recordarlo en un futuro, o para guiar un poco a aquellos que se animen a vivir esta experiencia. Pero como nunca es tarde para empezar, aquí van mis primeras líneas.
Para ponernos un poco en contexto, el pasado 9 de septiembre empezaba mi aventura en Münster (Si, Münster, no Munich como se le escapa a alguno), una pequeña ciudad en el noroeste de Alemania, muy cerca de la frontera con Holanda. Una ciudad en la que al llegar supe que había elegido el destino correcto: llena de estudiantes (casi 60000 de los 300000 que tiene la ciudad), muy verde y con un tamaño perfecto para ir en bicicleta a todos lados. Aunque no todo aquí era perfecto, en cuanto vi que vendían paraguas en cada esquina supe cual era el problema que escondía este rincón alemán.
Tal y como me habían dicho y avisado, ya venía concienciado de que las primeras semanas, como siempre que vas a un sitio nuevo y sales de tu zona de confort, serían un poco duras. Pero al contrario, para nada fue así. Si que es cierto que al principio se hace extraño estar tan lejos de casa y tu gente (sobretodo para alguien que siempre ha vivido con sus padres), pero enseguida conoces a personas que están en tu misma situación y pronto haces tu piña, los que serán tus compañeros de aventura y que están deseando vivirla igual que tú. Los primeros días fueron sin duda los más intensos, empezando por intentar conocer a la mayor gente posible, descifrando en que salida del Promenade está tu casa, comprar una bicicleta... pero luego todo lo demás vino rodado.
Y en cuanto no te das cuenta, ya estás adaptado y viviendo esa experiencia que todos te contaban y tenías tantas ganas de que llegara: el Erasmus. Además, como vine un mes antes de que empezaran las clases no me ha faltado tiempo para hacer todo lo que quería (aunque tampoco ha habido tiempo para aburrirse), fiestas, viajes en tren por la región, barbacoas en el Aasee... En fin, una experiencia que no ha hecho más que empezar y que intentaré ir contando en las siguientes entradas del blog, desde el famoso Pfand de las botellas, hasta como descubrí los menús de 2,30€.
